martes, 11 de marzo de 2014

Unamuno y el mono enfermo


Los avances en la medicina primero y en la tecnología después alteraron el desarrollo de la naturaleza. Los cambios producidos comenzaron a ocupar el lugar que la naturaleza pareció olvidar. Así, respetando la conducta gregaria, comenzaron a generarse organizaciones sociales y, respondiendo y generando necesidades en esa organización, mecanismos que alivianaron la vida doméstica y mejoraron la salud. 
Pero también se fueron refinando las leyes de la selva y lo que otrora fuera la cadena alimentaria pasó a ser un entramado de leyes que transformó a seres iguales en especie en robustos contra alfeñiques. La igualdad entre los hombres dejó claro que no todos respondemos al sustantivo "hombre" que generó esta nueva forma animal. Hay igualdad dentro de las castas, todos las clases sociales entre sí disfrutan de la horizontalidad. Todo cambia cuando la igualdad se generaliza entre todos los hombres. Y cada vez se marca más esa diferencia, y con menos ambages. 
Entonces, los cambios producidos tomaron a un "hombre", al hombre en el que se nombra la humanidad toda sin tener en cuenta a la mayoría de la humanidad, aferrado a unos cambios que beneficiaron  cada vez más su calidad de vida. Y con ella su salud.  
Ahora bien, y tomando a Miguel de Unamuno como el padre de las ideas más extraordinarias que dio la lengua, vamos a acercarnos a un milímetro de sus pensamientos para poder seguir. 
Escuchemos. Dice Miguel de Unamuno en "Del sentimiento trágico de la vida" sobre el origen del hombre: 
"¿Queréis otra versión de nuestro origen? Sea. Según ella, no es en rigor el hombre, sino una especie de gorila, orangután, chimpancé o cosa así, hidrocéfalo o algo parecido. Un mono antropoide tuvo una vez un hijo enfermo, desde el punto de vista estrictamente animal o zoológico, enfermo, verdaderamente enfermo, y esa enfermedad resultó, además de una flaqueza, una ventaja para la lucha por la persistencia. Acabó por ponerse derecho el único mamífero vertical: el hombre. La posición erecta le libertó las manos, de tener que apoyarse en ellas para andar, y pudo oponer el pulgar a los otros cuatro dedos, y coger objetos y fabricarse utensilios, y son las manos, como es sabido, grandes fraguadores de inteligencia. Y esa misma posición le puso pulmones, tráquea, laringe y boca en aptitud de poder articular lenguaje, y la palabra es inteligencia. Y esa posición también, haciendo que la cabeza pese verticalmente sobre el tronco, permitió un mayor peso y desarrollo de aquélla, en que el pensamiento se asienta. Pero necesitando para esto unos huesos de la pelvis más resistentes y recios que en las especies cuyo tronco y cabeza descansan sobre las cuatro extremidades, la mujer, la autora de la caída, según el Génesis, tuvo que dar salida en el parto a una cría de mayor cabeza por entre unos huesos más duros. Y Jah la condenó, por haber pecado, a parir con dolor sus hijos.  
El gorila, el chimpancé, el orangután y sus congéneres deben de considerar como un pobre animal enfermo al hombre, que hasta almacena sus muertos. ¿Para qué?" 
Ahora a volver a hablar. 
¿Qué será entonces lo que los adelantos tecnológicos habrán hecho con este mono enfermo? 
El recorrido de la historia, la evolución de los acontecimientos hubieran permitido suponer que aquel animal enfermo podría haberse alejado por completo y ser ya una especie con rasgos que en nada supusieran su origen. La literatura, la música, las manifestaciones artísticas, los ideales, las teorías filosóficas, todo esto  analizado en perspectiva hubieran podido suponer un ser capaz de superar esta realidad, que aparte de injusta, violenta y dolorosa parece muy divergente de la posible evolución de las relaciones humanas.  
Pues, ¿A quién está curando la tecnología? ¿Quién es el beneficiado con  los adelantos en la medicina? ¿Es el hombre o aquel mono enfermo? ¿Curar al hombre es enfermar más al mono o el hombre en su sanación va camino a la recuperación del mono? 
Por lo pronto las rejas que el hombre (la pequeña porción de homínidos que se consideran hombres cuando se habla de los avances que tuvo, ¡hasta llegó a la luna! ¿Para qué?) se está poniendo a sí mismo ya lo lleva a una especie de zoológico autoproclamado donde el resto de la especie que comparte su lugar en la taxonomía biológica lo mira jugar con el mundo.  
En el zoológico real, en el que las rejas también las pone ese "hombre", los animales miran pasar el mundo a través de los barrotes, su lugar no cambia, pero los que los miran como si fueran un espectáculo van y vienen, les tiran ¿alimento?, les dicen cosas que no entienden, y seguro que si pudieran, los animales repetirían las palabras, los gestos, los sonidos. El mono sano, aquel que su hermano enfermo encerró, imita conductas, da saltos para recibir ¿alimento?  
Imaginemos esta escena: Un "hombre" tras sus propias rejas, encerrado, mirando por la ventana, por ambas ventanas; la real, la de su comedor y la virtual, su televisión, su pantalla. Él quieto, mirando. Quieto aunque se mueva, porque su pereza no es física. Alterna la mirada entre las dos ventanas como si fueran ambos lados de un barrote de su jaula. Y mira, y repite las palabras, los gestos. 
Quizá las mismas cosas que enferman al hombre curen al mono, y los científicos en su avance vuelvan a poblar de monos, monos pelados, con el pulgar opuesto al resto de la mano, erguido, con cerebro más grande, pero monos al fin. 

Jorge L. Narducci

sábado, 1 de febrero de 2014

Un cuento en enero

Lo cotidiano

-Una cruz de plata, un rosario de plástico, una medalla de la Virgen de Luján...
Mientras iba sacando de la bolsa los objetos y los nombraba el niño seguía el trayecto una y otra vez. La voz ronca del hombre que acompañaba el recorrido hasta una improvisada mesa hecha de rodillas y un trozo de madera sonaba bajo la mirada atenta del padre. Pocas veces abandonó el vaivén, un par de veces. Fueron las dos miradas que le echó a su tía, a los ojos se su tía, que también miraban, pendulantes, el trayecto.
-Son porquerías que no valen nada- terminó diciendo al sacar la última de las reliquias de la abuela
- Algo deben valer . supuso el padre.
- Un kilo de pan y una leche
- y una harina- completó el padre
- Bueno, lleve.
Mientras el hombre juntaba los restos de la fe de la abuela como si fueran migas en la mesa el padre se sirvió la paga. El niño no dejó de observar a ninguno de los adultos que le servían de molde. Apenas vio la harina en la bolsa se acercó a la tía. La abrazó desde atrás y se asomó de costado para ver llegar al padre. Sus ojos veían ahora la bolsa, tras ella al padre y más atrás al hombre..
- Sesenta años juntando estas mierdas para que nos sirvan para esta porquería - dijo inmediatamente a su hermana apenas puso un pie en la calle.
- Para ella eran importantes, todos los días las miraba, las tocaba, les decía cosas.
- Mierda les decía, años de miseria para ella, para nosotros y para este pendejo, y para todos los que vengan.
El silencio fue profundo durante el camino del pueblo hasta la casa. No fueron palabras las que lo rompieron. Una cacerola de aluminio contuvo la leche que se calentó en una brasa eternamente encendida. El pan se hizo rodajas. El niño se sentó a esperar en silencio lo que venía: la leche, las rodajas y el padre.
- Al menos va a haber más lugar. Mañana voy al pueblo, le vendo la ropa y ya está-dijo mientras metía en la misma bolsa de las reliquias un montón de tela-. No hay nada más de la vieja, solo la pobreza, la inmunda pobreza que te regaló a vos, a mí, al pendejo. Eso no se lo vendemos a nadie.
- El colchón le va a servir al Toni para que duerma cómodo.
- Que lo use hasta que se lo lleven las ratas.
- ¡Es tu hijo!
- Si no hay madre no hay hijo, y este pendejo no tiene madre, así que no es hijo de nadie.
El niño tomaba la leche y comía las rodajas sin dejar de mirar la tormenta, su techo ya se había volado hacía mucho y nada le hacía temer. Las tormentas eran su día, no se asustaba porque nada era distinto. Cuando murió la abuela él estaba en el colchón con ella. Jugó con sus dedos muertos hasta que la tía gritó y lloró y lo alzó. Vio al padre sacar el cuerpo, cavar el foso, tirar el cadáver y taparlo. “A esta ni una cruz le pongo. Que se mezcle con el resto de la tierra y no sea nada. Igual que nosotros”, escuchó decir.
Se acabaron las rodajas, la leche y los gritos.
La noche despertó al silencio y todo fue igual que siempre. Faltaban los ronquidos de la abuela pero tenía más lugar para dormir. Cuando despertó no estaba la ropa ni el padre. Sí había rodajas y leche. Sabía que nadie hablaría hasta la llegada del padre.
“Hijo de puta el viejo ese. No me quería dar nada. Apenas vacié la bolsa me dijo que guardara todo, que no me iba a dar nada.” Fue lo primero que escuchó, pero vio que traía la bolsa vacía y más pan y leche que el día anterior. También vio una mancha de sangre en la camisa que se iba afinando hasta llegar al pantalón. “Viejo hijo de puta, reventaste pero yo no voy a reventar” volvió a hablar el padre. La tía se acercó y quiso tocar la herida. No la dejó.
El niño vio como el padre se desnudaba y le daba la ropa y la bolsa a la tía, “lavá todo, de mí me encargo yo” le dijo. La sangre abandonó la tela y el agua fue una mezcla de rojo y negro. La ropa y la bolsa estiradas en unas piedras comenzaron a secarse.
El niño fue junto al padre, algo raro sucedía, se acercó, lo tocó y no sintió ningún rechazo, ningún insulto. Comenzó a jugar con los dedos de una mano que nunca había podido tocar. La tía volvió a gritar, a llorar y a alzarlo.
Esta vez fue la mujer la que cavó el foso. El niño sentado en la tierra volvió a ver la escena, el cuerpo desnudo y manchado del padre era lo distinto, la pala y el sudor, iguales. Esta vez nadie dijo nada al terminar.
Comieron leche y rodajas en la cena. La noche ya no tenía ni los ronquidos de la abuela ni los gritos del padre. Se durmieron. Cada uno en un colchón. La mujer exhausta.
La mañana no perturbó el sueño de la tía, sí el del niño que calentó la leche y cortó el pan.
Cuando terminó el desayuno fue hacia las piedras, colocó la ropa del padre en la bolsa y fue rumbo al pueblo.

Jorge Narducci

Lomas del Mirador, 30 de enero de 2014

domingo, 8 de diciembre de 2013

Una mirada sobre la evaluación (PISA)

La situación de evaluación es una relación asimétrica en la cual hay un integrante instituido como el que evalúa y otro que es evaluado. El evaluador puede o no haber construido los aprendizajes evaluados (1). Lo que se evalúa es un corpus de contenidos, actitudes, procedimientos, habilidades, etc. que enfrentan al evaluado a la situación de poner en práctica lo que luego del recorrido de aprendizaje realizado ha adquirido o modificado. Se podría decir que el “desequilibrio-asimilación-acomodación- vuelta al equilibrio” presentado por Jean Piaget sería el recorrido. La comparación de los momentos previo y posterior a la asimilación y acomodación, o sea, el nuevo equilibrio es el observado. El evaluado (en el caso de la educación primaria, los responsables de éste) pone en una institución su “confianza” sobre lo que se desea hacer de él y el evaluador es el vector de esa confianza.
Sabemos que no es lo mismo el proceso que debería realizarse en una instancia universitaria donde los alumnos son adultos con competencias y conocimientos que harían de esta situación una relación con un grado de simetría mucho más alto.
Obviamente que hay muchísimas páginas escritas sobre esto y los teóricos desgajan y profundizan sobre el tema con la clasificación de los distintos modos, con las características psicológicas de los evaluados según su edad y sus inteligencias particulares y un sinnúmero de situaciones que sobrepasan el objetivo de esta nota.
Dicho esto, comenzamos con lo que sí es el objetivo de esta nota.
Estamos en diciembre de 2013 y en Argentina se genera un debate sobre los resultados de la evaluación PISA. Se ponen en consideración los resultados y se informa de la crisis en la educación ya que los estudiantes han bajado su rendimiento 2 puntos en el área de Lengua, se mantuvo en Matemática y subió 5 puntos en ciencias. En los tratamientos mediáticos se muestran cuadros comparativos, similares a los que se utilizan en la evaluación, para demostrar que Chile y Colombia están por arriba de Argentina en los resultados de lectura.
Más allá de los resultados, de los tratamientos mediáticos y de lo dicho desde el Ministerio de Educación, trabajo que dejamos en manos de los lectores, lo que vamos a observar más detalladamente es quién evalúa, qué se hace con la difusión de los datos y otras cuestiones que rondan el tema.
 Según el documento “El programa PISA de la OCDE. Qué es y para qué sirve”(2) “La OCDE (Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos) reúne a 30 países miembros comprometidos con la democracia y la economía de mercado para los que constituye un foro único de debate, desarrollo y perfeccionamiento de políticas económicas y sociales.”
A continuación afirma que su misión es:
“• lograr la máxima expansión posible del crecimiento económico y el empleo, y un mejor nivel de vida de los países miembros, sin dejar de mantener la estabilidad financiera y, de esa forma, contribuir al desarrollo de la economía mundial; 
• contribuir a una sana y sólida expansión económica en países –tanto miembros como no  miembros– que estén en pleno proceso de desarrollo económico; 
• contribuir a la expansión del comercio mundial con criterios multilaterales no discriminatorios, dentro del respeto a las obligaciones internacionales.

Según el organismo “la OCDE se financia gracias al aporte de los países miembros”(3) y de los 30 países que la forman el ranking  de contribución comienza con estos cinco(4):

País
% de contribución
1. Estados Unidos
 21.58
 2. Japón
 12.88
 3. Alemania
 7.91
 4. Francia
 6.03
 5. Reino Unido
 5.31

Según esta tabla los 5 países mencionados “contribuyen” con el 53,71%.
Ahora bien, quizá estos datos y lo mencionado anteriormente puedan dar un perfil de la institución que elabora el ranking (así se menciona en el documento citado más arriba) de países según sus resultados en la evaluación PISA.
Queda a criterio del lector ver quiénes son los que realmente pagan estas contribuciones en los países. Muchas fundaciones que apoyaron procesos autoritarios en América Latina y que son organismos que están más comprometidos con la economía de mercado que con la Democracia apoyan emprendimientos de este estilo.
Retomando lo dicho en el comienzo de la nota sobre la evaluación, se podría suponer que esta evaluación internacional que busaca un modelo estandarizado de alumno, para un posible modelo estandarizado de ciudadano, está realizada por una institución en la que se deposita la confianza sobre lo que se desea hacer con uno.
Si bien en el documento citado de la OCDE se dice “Sin duda se trata de una relación que debe ser valorada rigurosamente por las autoridades y los medios de información para que el conocimiento de los resultados del examen trascienda a la lógica del ranking.” la lectura observada que se realizó no pareció superar la lógica del ranking.
Chile, país que mantuvo un conflicto grave con sus alumnos universitarios por el alto costo de su formación, es mostrado al tope de la lista de los países latinoamericanos,   
En la versión web del periódico INFOBAE del 3 de diciembre de 2013 (5) avisa que por primera vez se hace un estudio diferenciado en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires y que éste dio por resultado 30 puntos más que el promedio en el área de matemática.
Cualquier lector medianamente informado sabe las posiciones ideológicas de los respectivos gobiernos a la hora de ser evaluados por el organismo cuyo mayor contribuyente es Estados Unidos.
Más allá de las manifestaciones mediáticas sobre los top 10 de la evaluación y  de colocar a Shanghái al tope de un ranking de países, también se pueden hacer consideraciones de contexto. Cualquier lector que en este momento escriba en un buscador de internet “resultados de evaluación PISA 2013” le devolverá resultados de los periódicos de divulgación masiva (los llamados medios hegemónicos) que tienen alrededor de la nota crítica al sistema educativo, un sinnúmero de  publicidades que proponen como anzuelo diversión exagerada,  individualismo inhumano, competencia desmedida. Los espectadores de los noticieros televisivos y radiales que urgen a los gobiernos a tomar atención en el tema educativo, tienen al tope del rating programas de la cultura más vana y vacía y las publicidades que los acompañan apuntan a un nivel de estereotipia y consumo que ciudadanos educados evitarían más temprano que tarde.
Retomando lo dicho al principio de la nota, lo importante no es la evaluación sino el modelo teórico que se encuentra velado tras la evaluación propuesta. ¿Qué es hoy estar bien educado?  Tomando uno de los puntos de la misión de la OCDE “lograr la máxima expansión posible del crecimiento económico y el empleo, y un mejor nivel de vida de los países miembros, sin dejar de mantener la estabilidad financiera” ¿qué es una máxima expansión posible sin dejar de mantener la estabilidad financiera? ¿Cuánta de esa educación pretendida es adiestramiento de mercado? ¿Quiénes toman en cuenta la situación de la infancia en los países mejor rankeados? ¿Hay alguna relación entre todos los entes internacionales que pretenden dar estándares de comunicación, condiciones laborales, igualdad de género, educación, etc.?

Nada de lo dicho tiene intención de arribar a  ninguna conclusión. Todo es una nube caótica que intenta ser más el inicio de un cuestionamiento que la fórmula para observar una realidad estandarizada.
Esperamos desde este espacio dar otra de las tantas miradas sobre el modo de observar a los niños y adolescentes cuando se los evalúa.


 Jorge L. Narducci




(1) Hablamos de aprendizaje ya que nos centramos en una evaluación educativa. También se evalúan proyectos, relaciones interpersonales, y otra serie de situaciones en las cuales siempre hay alguno de los integrantes que, por su rol en la institución, asume la función que genera una relación asimétrica. Por ejemplo, si lo que se evalúa son los resultados de las ventas de determinada empresa, los resultados pueden determinar la reducción de personal o la ampliación de puntos de venta.
(2) OCDE http://www.oecd.org/pisa/39730818.pdf Consultado el 4 de diciembre de 2013
(3) http://www.oecd.org/centrodemexico/preguntasfrecuentes.htm (Consultado el 4 de diciembre de 2013)

martes, 4 de junio de 2013

¿Saber o no saber?

La hora, 16:35. Es importante la hora porque en esta ciudad quince minutos antes los niños salen de la escuela de jornada completa. Los colectivos desbordan de las últimas palabras escolares y las primeras voces familiares. Subo a uno y me siento. Detrás de mí un niño le habla a una voz femenina, ronca. La ronquera le quita la edad a la voz. No notaba si hablaba con su posible abuela o madre. Se entusiasma y comienza a contar que le habían leído una fábula. Cuenta algo así. Una gallina había puesto un huevo y otro animal se lo había robado. El ladrón notaba que el pollito nacía y le daba pena. La madre gallina sufre y el pollito no. Inicialmente ve en su captor una especie de madre sustituta. Todo bien hasta que el pollito comienza a llorar pidiendo comida. La sustituta madre se desespera y, a escondidas, deja al pollito en su nido materno. Dudo del origen fabulezco de la historia, supongo que es una versión moderna de algún cuento tradicional y que, acomodado a los nuevos argumentos, evita el final traumático: el pollito es mejor comida que un huevo. Trato de suponer la moraleja típica del género y no la encuentro. En eso estoy cuando el niño pregunta a la voz ronca “¿Te das cuenta, es un cuento policial?” Abandono la infructuosa búsqueda de la moraleja y comienzo a escuchar la charla. “El robo del huevo es el caso” afirma el niño. Comienzo a suponer que la voz infantil es de unos once años. “En lugar de haber un detective el ladrón se arrepiente” “Guardá la SUBE que se te va a caer, boludo” interrumpe la voz ronca. Descarto que sea una abuela. El relato sigue. “El robo es menos que lo que devuelve: se lleva un huevo y trae un hijo”. Saco a pasear el yo freudiano que todos llevamos dentro y creo entender que el niño valora mucho ser “hijo” “¿Y qué dijo Sergio?” interrumpió la garganta arenosa. “Para él era una fábula ma’, pero...” intenta seguir el niño. No sé quién es Sergio, pero ya supe que la voz perturbadora era de la madre. “¿Te devolvieron la prueba?” lo interrumpe. “Sí, me fue bien” “A verla”. Desaparece el cuento policial. Y la fábula. Se produce un silencio que me hace suponer que el alumno busca la prueba en su mochila para  mostrársela a la madre. “Estaba con ve corta. Sos un burro. No sé cómo pasaste de grado”. Se mueren la gallina, el pollito, el ladrón, la fábula y un poco de mí.
Siento un tirón en el asiento lo que me hace suponer que se están levantando. Pasa la madre, pasa el pollito, serio, con la mochila a medio cerrar y la hoja que habla de la estupidez arrugada en la mano..
Esopo se retuerce y piensa si la libertad adquirida por su posibilidad de inventar historias valió la pena ante esta escena.
¿Cuál es el valor del saber que reciben los niños? ¿Qué habrá dicho la madre de Sergio cuando le contó que para él era una fábula? ¿Qué hubiera dicho esta garganta arenosa si al Pollito no se le antojaba el cuento policial (bien antojado, por otra parte)? ¡Ojalá que Sergio no fuera el maestro! En minutos la reelaboración de este lector fue sepultada por siglos de concepciones educativas. ¿Qué es saber para algunos? Un niño que da más valor a un hijo que a un huevo, que descubre en una ya ridícula fábula un cuento policial, que a pesar de todo lo que ya habrá recibido puede tener estas discusiones, para ese saber familiar es un “boludo” que tenía que repetir el grado. ¿Qué habrá aprendido este niño con esta situación? Cuánto lamento saber el nombre del otro que dijo “fábula” y no de éste que la cuestionó.

Jorge  L. Narducci
Lomas del mirador, 4 de junio de 2013

sábado, 30 de marzo de 2013

Otro cuento - Por malvinas


Nicanor

Me era difícil creer que Santiago de Liniers, por cuyas venas corría sangre francesa, hubiera tenido en algún momento la convicción de defender tierras españolas en una América distante. Pero más difícil fue creer que Galtieri, por cuyas venas corría whisky inglés, tuviera algún otro deseo que el poder cuando mandó a un puñado de pibes a pelear contra la armada inglesa.
Lo llamó Nicanor, sí Nicanor. La profesora se sentaba en el escritorio, y con la impunidad que da ese lugar, con la influencia que da esa relación, dijo: “Le puse Nicanor por ese maravillosos hombre”.
El perro fue Nicanor y contabilidad se transformó en una materia para aprender a ser argentino.
Entré a la escuela con bronca porque Vélez había empatado con Renato Cesarini 2 a 2.  Era 5 de abril y la novena fecha del Nacional había empezado el 2 con el triunfo de Central Norte sobre Mariano Moreno. La que sería futura dueña del perro me increpó diciéndome que “nada puede importarle más que la acción militar en Malvinas” y que “si las bandas militares tocaron en las canchas era para demostrar la importancia del sacrificio de nuestros héroes”.
Sentí que haberme enojado porque los dos goles no habían alcanzado para el triunfo era algo tan frívolo que me habían transformado en un estúpido.
La fecha 10 y las siguientes que llevaron a Estudiantes a salir campeón me tuvieron sin cuidado. Comencé a leer los diarios, a escuchar los comunicados.
Día a día me iba acercando más a los acontecimientos de la guerra y, gracias a la ya dueña de Nicanor, me alejaba del fanatismo estúpido del fútbol.
La inefable madre de Nicanor contaba el pedido del T.I.A.R. ante la OEA por boca de Nicanor Costa Méndez. Creo que esa acción fue la que inspiró a aquella profesora  a llamar así al indefenso animal.
Me llamaba la atención que con situaciones más duras que un 2 a 2 el clima que sentía en la cancha se fuera trasladado a las calles y a la escuela (sobre todo en ella).
“Atacan Puerto Argentino” “Le derribamos 3 aviones” “Nos apoyan 17 en el T.I.A.R. y 4 se abstienen”. Uno de los 4 es Estados Unidos. “Ellos están lejos, acá los reventamos”…
Nos hunden el Crucero General Belgrano.
El 5 de mayo, un mes después de mi estúpida bronca por el 2 a 2, entra ella eufórica y dice “les hundimos el destructor Sheffield. Uno a uno” y haciendo un corte de manga grita “¡Tomá!”
Y comencé a entender algo.
Cuando Pinky y Cacho Fontana me regalaron las “24 horas por Malvinas” me convencí de que la vida y la patria eran lo mismo. Y que si cantaba “Hermanita perdida” quería a mi patria aun más todavía. Después fui al festival de rock en solidaridad con los soldados. Dos kilos de harina leudante fueron mi gran acto solidario. Canté junto a Cantilo, Gieco. Hasta Piero cantó. También entendí que Vélez y la patria manejaban los mismos códigos. A la salida del festival cantábamos “¡Qué vanga el príncipe y la flota que los hacemos pelota!”
En mi casa y en todos lados no había dudas de que estábamos ganando y sentía la misma alegría que con los goles de Vélez.
Quería tener un perro y ponerle Nicanor. Como no me dejaron le puse Nicanor a un muñequito perecido a un perro que me había ganado en un sorteo.
Y vino el Papa. Me pasé la noche haciendo patria para escuchar al Papa. También fui porque estaba Vivi, pero no me dio vergüenza porque las pasiones se complementan Vélez, Malvinas, El Papa, Vivi. ¡Viva la patria!
Tres días después terminó la guerra.
Y perdimos.
Era difícil encontrar noticias sobre los que regresaban. Después me enteré de que volvían de noche, que los mandaban a casa como si hubieran vuelto de una instrucción normal.
También contaban que ni las bufandas que mandaban las viejas al programa de Pinky ni mi harina leudante habían ido a parar a manos, cuello o estómago de ningún combatiente.
“Al final estos milicos eran unos cagones” “¿Pensabas que ese borracho te iba a llevar a alguna parte?”
El 13 de junio había empezado el mundial y se decía que Maradona no jugaba porque Menotti era un pelotudo. La discusión ya era otra y si Menotti no lo ponía él sabía por qué, es muy pibe, acá juega bárbaro…
El tema de las elecciones terminó de sepultar a los vivos que habían vuelto de Malvinas. Ya el clima del Vélez versus Renato Cesarini estaba instaurado en la política, en la verdulería, en la vida. R.A. no eran más República Argentina eran las iniciales del futuro presidente.
No se habló más de los ingleses hasta el mundial de México 86. Ocho días después del cuarto aniversario del fin de la guerra Argentina venció a Inglaterra.
“¡Tomá!” Gritaban todos. Me acordé de Nicanor y de ella.
¡Qué suerte! Ahora vamos uno a uno.

Jorge Narducci
Lomas del Mirador, 3 de junio de 2007

viernes, 4 de noviembre de 2011

Un cuento para compartir

La excusa

Y al final me tuvo que pasar. ¿A vos te parece? Mirá que me llamaron de todas formas: insensible, turro, inhumano, malo, hijo de puta. ¡De todo me dijeron! Y María, ¿te acordás de María? Linda era esa mina. Universitaria, la única en mi vida. Me dijo RACIONAL. Se enojó diciéndome RACIONAL, todo porque le dije que entendía que era más importante su carrera que yo. Mirá que me pasaron cosas. Cuando me quedé sin laburo. ¿Quién me dio una mano ahí? Vos, nada más que vos. ¿Y me viste llorar? ¡Ni una lágrima! Te lo juro, ni una. Ni cuando estaba solo en casa. Después se fue Vicente. Estuvimos juntos todo el tiempo. Escuchamos mil y una boludeces. Porque para nosotros Vicente era un ídolo, pero realmente era un terrible hijo de puta. La puso donde pudo; cagó a Dios y a María santísima; mientras sus pibes eran chicos los veía dos o tres veces al mes; le afanaba el deportivo al diario del bar. ¡Qué se yo! Hizo las mil y una, como te decía. Pero nosotros lo amábamos. Y se fue sin que yo tirara una lágrima. No es que no lo sufriera, pero no me salían.

Está bien que éramos más jóvenes. Bah, éramos jóvenes. Pensábamos que todo se solucionaba con el tiempo.

¿Con las minas?, me dejaron todas. Claudia, esa me hizo de todo, me colgaba el saco en la frente por esa turra. Sin embargo, un día se fue y nada. Vos sabés lo que sufrí. Y nada, ni una lágrima.

Mi viejo. Estábamos juntos en el reparto cuando ya él era viejo y yo estaba por arrimar ahí. Se podría decir que ni sus años ni los míos afectaban el primer laburo que hacíamos juntos. Hasta parecía feliz, fue la época en la que más me reía. ¡Y al idiota se le ocurre morirse así, de golpe, de la nada! Ni lo velamos al viejo. Al otro día vendí el reparto y ni una lágrima, nada. Ni por mi viejo ni por el reparto.

Ana se fue a vivir a España. La nena con ese otro sátrapa se van a vivir a Europa. Está bien que estaba la madre allá. ¿Qué le iba a reprochar? ¿Qué en el momento donde ella más la necesitaba se fue a España a cumplir “el sueño de su vida”? ¿Qué conoció a ese francés puto y culto y se cagó en ella y en mí? ¿Qué le iba a decir? Allá parece que es todo más lindo. Te la meten con alambre de púas pero después te pagan un seguro de sangrado. ¡Qué se yo! La verdad que no entiendo nada de eso, pero parece que para ellas fue mejor. La fui a buscar a la casa, la acompañé a Ezeiza. Se fue. Ni una lágrima.

La otra semana vino Daniel, ese amigo de Ana que me quería mucho, y me trajo un “meil” avisándome que iba a ser abuelo. No entendía nada. Me da la carta, sin sobre y me felicita antes de que yo me enterara de lo que decía. Ana dice que hasta que yo no aprenda a usar la computadora no me llama, porque desde allá es caro y que yo soy un rata que no tengo ni para el pan. Así que no hay Ana para rato. Decí que este pibe Daniel de vez en cuando me trae uno de esos “meil” y de algo me entero. Te contaba lo de Ana porque me encantó, me emocioné, toda la flauta, pero ni una lágrima tiré, ni una.

El otro día mi hermana me dijo que los hijos del marido necesitaban la casa que me prestan. Tengo un mes para conseguir un lugar donde llevar esta humanidad a otro lugar. Pensé en Ana, en mi hermana, hasta en el puto francés pensé. Me fui a hablar a la municipalidad para ver si tenían algún lugar para darme, un pensión, algo. Me contestaron que tenían que ver si se podía. ¿Sabés a dónde me mandaron? A la cana, para demostrar que no tengo nada. Volví a la que todavía es mi casa y me senté a tomar mate. Miré el techo, las paredes, la mesa. La verdad que los hijos de mi cuñado no tienen que darme nada a mí. La boluda fue mi hermana que se casó con un tipo con hijos y no tuvo ninguno propio. Si fuera de mis sobrinos quizá me la dejaban un poco más en vez de alquilarla. Pero, te decía, me senté, miré todo y nada más. Empecé a acomodar cosas, guardé alguna que otra foto que había por ahí, la de Ana, la de mi viejo, la del camión de reparto. Ni una lágrima che, ni una.

Hasta que a este chancho le llegó su San Martín.

Anoche prendí la tele y me puse a ver el partido. Estaba seguro de que era un empate o un triunfo ajustado. A los cinco minutos nos meten uno. ¡La puta! Dije; y pensé que faltaba mucho, que habíamos dado vuelta partidos más jodidos, y todo eso que uno se dice para darse ánimo. Al rato otro, un golazo de aquellos. Seguí optimista. Casi al terminar nos meten otro. Puse el agua y aseguré que en los otros cuarenta y cinco empatábamos y listo.

Dos más nos metieron. No pude gritar ni uno.

Me di cuenta en ese momento que Vélez era como mi viejo; que cuando llegaba el momento de ver jugar a los pibes me daba alegría y que me importaban un carajo María, Vicente, Claudia, Ana y todo lo demás.

Y al final me tuvo que pasar. ¿Sabés qué?, cuando terminó el partido, apagué la tele. Y lloré. Lloré tanto que me dolían los ojos. La falta de costumbre será, me dije.


Jorge Luis Narducci

Lomas del Mirador; 2 de abril de 2010


viernes, 14 de agosto de 2009

Gritos

Gritar. Pedir a gritos. Pedir. Quejarse. Gritar. Cantar a coro.
La nostalgia mojó con su lágrima la ventana, y el Venatanauta dibuja con dedo débil palabras que significaban mucho, pero nada dicen ya. El Grito de Munch, obra de protesta. El grito de Alcorta, lucha de protesta. Huelga de inquilinos, grita Miguel Pepe, lo matan. Gritan los descamisados, grito de esperanza.
Los gritos fueron cambiando, y llegaron a otros lados, a otros oídos, otras intenciones.
Es larga la historia de los gritos. En general estaban asociados a grandes luchas, a grandes esperanzas, a futuros promisorios o a alegrías sinceras. Gritos populares y masivos, no gritos privados y violentos.
El grito no era para tapar desesperanzas, eran gritos para hacerse oir, para entrar en los oídos ajenos y ausentes del poder. Y gritando se lograron metas que favorecieron al trabajador, a la mujer, al pobre, al inmigrante. El grito llevaba al poderoso a tomar las armas en su contra, a modificar políticas de Estado, a desnudar realidades desafortunadas.
Seguramente el grito es una necesidad humana, una práctica habitual, un circular de adrenalina que despierta alguna reacción hormonal que satisface, y lo hace aun más cuando logra su cometido. Cualquier cometido, desde el más profundo hasta el más idiota.
Y aquí llegamos. Al grito silencioso que nada pide, que se organiza con cantos afinados y trompetas o al grito desaforado para sentir que uno grita, para oírse solo, o que lo sientan otros para admirar su grito.
Hablar a los gritos para decir lo que todos quieren escuchar pero que no cambia realidades, que no generan esperanzas. Hoy se grita para defender a los que acallaron los gritos reales, los gritos genuinos de los que pedían por algo mejor.
A los gritos vacíos se le agregaron, en esta parte del globo, las cacerolas. Para reivindicar lo reivindicado antes con las armas del poder, para pedir la más aberrante imagen del capitalismo. Más ruido para alentar a los que siempre manejaron el poder, para pedir lo que es de cada uno. Pero no para pedir lo que es de todos.
La popular imagen televisiva grita. Grita en silencio. Grita para seguir callando. Se grita para decir “Acá estoy” y que los demás imiten gritando. Gritos idiotas, despreocupados, que llenan vacíos y producen “felicidad”.
Lo de siempre, el grito de los limpios es grito moderado. Se pide por si los otros quieren dar. El grito de los sucios es protesta. Unos gritos son “cortes”, otros gritos son “piquetes”.
Decía que la nostalgia mojó con su lágrima la ventana. Quizá haya un grito que la rompa y desde el otro lado comiencen a entrar, silenciosos, los callados, los que gritan con sus cuerpos, con sus ropas, con la garganta vencida, sin cacerolas ni nada para poner en ellas.

Lomas del Mirador, 14 de agosto de 2009