miércoles, 5 de abril de 2017

Del geocentrismo a la teoría del derrame

No son pocas las concepciones erróneas que se sostuvieron y reforzaron durante la historia de la humanidad. Seguro que desde mucho antes y con otros ejemplos se podrían comenzar a nombrar, mi vasta ignorancia sólo es para acompañar la posible certeza de lo que intento proponer como una forma de dialogar con lo instituido. Todo lo dicho son verdades de Perogrullo. (Si ponés la mano en el fuego, te quemás)
Hoy un niño, niña o adolescente ya tiene incorporado el saber que a la humanidad le llevó siglos y muertes. Por ejemplo, ya sabe que la salida del sol, el movimiento de la luna, la lluvia, los truenos o los relámpagos son solamente fenómenos naturales. No hay dioses enojados ni castigos de divinidades maléficas que los corporizan. Tiene este niño, niña o adolescente anulada la posibilidad de la tenencia de lo esclavos (a los que Aristóteles nombraba como “instrumentos parlantes”). Sabe o sabrá pronto que la Tierra gira alrededor del sol y no tendrá que sufrir persecuciones a lo Copérnico o Galileo. Entiende que ese mismo sol alrededor del cual giramos no es un dios. Sabe, a pesar de que ciertos países retrógrados los siguen teniendo, que los reyes son para los cuentos de hadas. Incorporó o incorporará palabras que le servirán para nombrar a las cosas que dice sin pensarlas demasiado como “actos inconscientes”; aprenderá en cualquier compendio de historia de la psicología qué se quiere decir cuando se nombra “el perro de Pavlov”. Digamos que nadie tendrá hoy que sufrir marchas y contramarchas en el aprendizaje de temas que hasta cierto momento eran casi de poder mágico o atribuidas a algún Dios (casi lo mismo) y que al nombrarlas se exponía al descrédito o ponía en juego la vida.
No sólo las afirmaciones, digamos “científicas” u hoy ya aberrantes, como la esclavitud son abordadas por niños, niñas y adolescentes desde su etapa inicial. Hay construcciones colectivas más cercanas que también forman parte de su formación.  Por un lado, replanteos históricos. En Latinoamérica son varios los países que resignificaron el 12 de octubre de 1492 como el inicio de una devastación cultural, social, religiosa, etc. El Papa Francisco dijo: "Pido perdón por los crímenes contra los pueblos originarios durante la conquista de América"(1). Son muy pocos los que reivindican las matanzas. Los negacionismos de toda índole ya tienen condena social. Algunos más que otros.
Ningún niño, niña o adolescente supondría que la jornada de trabajo debería ser de más de 8 horas, ni que las vacaciones no deben pagarse, ni que las mujeres no deberían votar.
Otra condena social, y ya institucionalizada por legislaciones en varios países, es al consumo de cigarrillos. Hoy una publicidad de marcadores como la que acompaña esta nota no sería aceptada por nadie; ni por aquellos que aún fumamos. Tampoco los cigarrillos de chocolate que se vendían en los quioscos. Y cualquier publicidad de cigarrillos está prohibida. Los autos de carrera ya no se pintan con las marcas de los más consumidos.
Se dieron debates a lo largo del siglo XX, más localmente en Argentina, sobre si debía enseñarse o no religión en las escuelas públicas, si la gente podía divorciarse, si los homosexuales debían tener derecho al matrimonio. Ya los manuales abandonaron las explicaciones creacionistas del universo,  hasta el presidente está divorciado y el amor es el único condicionante a la hora de dar el “sí”.
Un niño, niña o adolescente que quiera acercarse a información sobre los golpes de Estado en América Latina puede leer que los Estados Unidos patrocinaron las destituciones, las torturas, y las demás aberraciones de las dictaduras cívico-militares. Por ejemplo: “Miles de documentos confirman que EEUU apoyó el golpe de Pinochet en 1973”(2) se puede leer en el diario “El Mundo” de España.
Nadie medianamente informado toleraría la tapa de la revista “Somos” del 14 de mayo de 1980 que acompaña esta nota. Al morir Harguindeguy, el diario “La prensa” en el copete de la nota donde da la información dice: “Ocupó el Ministerio del Interior entre 1976 y 1981, durante la presidencia de Videla, y es considerado uno de los ideólogos de la última dictadura en el país.”(3) Alguien del que nada puede decirse como cercano al diálogo.
Digamos que a lo largo de la historia se fueron rompiendo paradigmas que no se ponían en duda. Hoy nuestra vida cotidiana está atravesada por “naturalidades” que en otros tiempos eran herejías o ilegalidades. Quedan fuera miles. Ya es extensa la descripción de las dichas para agregar más. Dejo a la buena cultura e información del lector continuar con la lista.
Pero ¿para qué esta lista de obviedades, de cosas que están al alcance de la mano? Para hacer una propuesta, para iniciar una búsqueda, para ponernos en duda.
Hoy nos acompañan ideas tan fantasiosas como que el universo todo gira alrededor de la Tierra o tan inhumanas como que las personas sean “instrumentos parlantes”.
Una de las más sostenidas es la “Teoría del derrame”, la cual sentencia, a modo de síntesis, que si a los ricos les va bien, nos irá bien a todos. La historia tiene sobradas muestras de que la riqueza siempre fue fruto de la explotación al trabajador. Con “trabajador” nombro tanto al gerente de un banco como a un repositor de supermercado, al dueño de un quiosco o al de una PyME de tres o cuatro empleados. En nuestro país, cuando  ya en 1862 se comenzó a funcionar como “patio trasero” del mundo industrializado y luego de las primeras luchas obreras (Huelga de tipógrafos, Semana Trágica, Patagonia Rebelde, etc.), a las burguesías millonarias les iba bien, pero nunca derramaron más que sangre a los que pedían derechos. El trabajo a destajo parando solo para comer y dormir, era la moneda corriente. Los “derramadores de riqueza” sólo se dedicaban a juntarla y “tirar manteca al techo”, viajar a Europa con su propia vaca para tomar leche fresca, utilizar las fuerzas del Estado para reprimir a diestra y siniestra en favor de sus riquezas.
El siglo XX y sus dictaduras siempre estuvieron al servicio de los que, enriqueciéndose, debían derramar. Pero parece que cuando se trata de dinero, de poder, el vaso nunca se llena y derrama su contenido; siempre tiene lugar para un poquito más.
Estas afirmaciones son una invitación a la duda, a bajarse del narcisismo de la afirmación brutal.
Por ejemplo, no se sabe si los paros son útiles para presionar a la teoría del derrame pero tampoco se sabe si son inútiles. Los trabajadores que dieron sus vidas pidiendo los derechos laborales que hoy tenemos, lo hicieron porque no los tenían. Nosotros sí. En la patagonia trágica se pedían camas, colchones, abrigo, jornada de descanso. Hoy, repito, ningún niño, niña o adolescente concebiría la vida laboral sin alguna de esas cosas. Si todavía siguen pasando es justamente porque los que la tienen que derramar, la tienen bien agarrada.
Sería importante ponerse en duda. Los que no la derraman nos quieren así, diciendo “yo marcho un sábado porque los otros días trabajo” y sin quererlo (porque lo que quiere es desatar su bronca con los otros, con los que trabajan y hacen paro en la semana y quieren demostrar su descontento por su salario), le tira al que no tiene trabajo ningún día de la semana, que él sí, que tiene trabajo y que no se queja por lo que gana, porque le va bien. Y como aparte marcho a favor del que no la derrama te voy a seguir dejando sin trabajo, por ende, sin dinero, sin comida, sin existencia.
Insisto: Invito a un recorrido por lo dicho para poner en contradicción alguna certeza que, si se la analiza un poco, está jugando en contra de uno mismo, y de otros a los que señalamos en algún momento que tendríamos que proteger.
Jorge L. Narducci

Sería interesante colocar a la teoría del derrame en línea con el geocentrismo, el negacionismo, el daño del cigarrillo, la concepción de la esclavitud, etc.
(2) Diario “El Mundo” Epaña http://www.elmundo.es/america/2010/11/18/noticias/1290035186.html  (Fecha de consulta 03/04/17)


viernes, 13 de enero de 2017

Lo sé todo, no sé nada I

Cuando las respuestas vienen a la boca como si la conexión entre nuestro decir y pensar tuvieran un reflejo único, ahí, justo ahí comienza la ignorancia. Es fácil decir y escuchar que cuando uno responde algo dice lo que piensa y siente. Cosa que no está lejana a la verdad subjetiva de quien lo enuncia. Pero podría uno, en algún momento, dudar y pensar por qué piensa y siente de esa manera, qué fue lo que en algún momento de su vida hizo que ese pensamiento natural y rápido surgiera de nuestra boca como magma del volcán.
Una de las fuentes de creación de nuestro decir inmediato es nuestra formación académica o los libros a los que les depositamos el saber y entender para hacer de ello nuestro pensamiento. Nada tiene de novedoso esto (en este blog siempre se dice que no es la novedad lo que lo caracteriza) pero la vida moderna, la rapidez informativa, etc. dejan escaso o nulo tiempo para poner en marcha la duda sobre nuestra manera de pensar, sobre nuestra automatización intelectual.
El título de esta nota “Lo sé todo, no sé nada I” y su cuerpo principal sólo tratan de ser una forma de compartir la duda, la inquietud personal de la respuesta automática.
“Lo sé todo” (supongo el título de la obra como un diálogo con la frase “Sólo sé que no se nada”, demostrando así el desarrollo humano desde la ignorancia socrática hasta el saber universal de la editorial Larousse en 1962) fue una obra de divulgación que difundía el saber y que se accedía a ella, como a otras obras enciclopédicas, para estar al corriente de lo que a uno lo transformaba en un niño, joven o adulto culto. En sus páginas se esparcía con absoluta naturalidad lo que uno debía repetir para que algún familiar, amigo o vecino se sorprendiera ante nuestra inteligencia. Pero he aquí lo que ya se venía haciendo (y sigue haciéndose): acompañar datos, hechos, imágenes de fundada posibilidad con fuertes marcas ideológicas y religiosas. Cuando se deposita el lugar del saber en un lugar, todo lo que allí se diga se toma como cierto. Y se repite como tal.
Para muestra no basta un botón, pero va uno, el primero.
En el tomo 4 de la edición de “Lo sé todo” de 1962, en la página 650, bajo el título de “La Biblia”, en el segundo párrafo de la primera columna dice: “Dios, en señal de Su protección, los acompañó con una nube que que indicaba el camino”. En la segunda columna continúa “Pero Moisés, siguiendo las órdenes divinas, tocó con su vara milagrosa las aguas del mar, que se dividieron abriendo un pasaje. Así los hebreos llegaron hasta la otra orilla sin mojarse”. La función referencial del lenguaje se hace presente en estas líneas utilizando oraciones enunciativas similares a “Tiene cabeza pequeña, orejas bien proporcionadas, crines cortas, hocico redondeado, labios chicos y ojos muy vivaces” utilizada en la página 703 en la nota titulada “La cebra”. Digamos que da el mismo criterio de “verdad” al cuidado de dios a los hebreos que a la descripción de la cebra.
Por otra parte, en el mismo tomo pero en la página 777, hacia el final de la nota titulada “El tibet, techo del mundo” dice “Mezcla de supersticiones ingenuas y de adoración al eterno principio creador es el lamaísmo, que incluye en su ritual danzas de lamas disfrazados con horribles máscaras, y también prácticas yogas con que pretenden adquirir un poder misterioso sobre la cosas”. Cuando se trata de describir otra forma de entender la religión, la referencia se llena de subjetivemas tales como “ingenua”, “disfrazados”, “horribles”, pretenden”. Si se mantuviera el mismo criterio enunciativo que antes, quizá este párrafo podría ser: “El lamaísmo adora el eterno principio creador, que incluye en su ritual danzas de lamas vestidos con máscaras, y también prácticas yogas con las que adquieren poder sobre las cosas”.
Este pequeño ejercicio compartido puede llevarse sobre los manuales escolares, medios de comunicación, documentales, y demás formadores del saber instituido, creador de las respuestas inmediatas.





domingo, 16 de octubre de 2016

Nos toca, ya estamos grandes

La ciencia avanzó lo suficiente como para generar clones, bebés de probeta, ¿llegar a la luna?, comunicar instantáneamente a todo el planeta cuando explota una bomba en Francia u ocultarlo cuando cae en algún lado que no llama a la sensiblería informática etc. etc. Lo que no logró es que los niños se eduquen solos. Si se hubiera inventado el objeto que permitiera que un niño accediera a una forma de educación programada, el programa y el objeto habrían sido ideados por otros humanos con intenciones de educar. El humano, convengamos, sin otro no sobrevive. Y no se educa.  
Se puede decir que el niño aprende a ser siendo con otros. La idea de aprender en sentido amplio, no la tabla del dos sino a convertirse en sujeto, a nombrarse, a nombrar, a ser nombrado, a comenzar a formar parte de la escena del mundo. En ese aprender el niño recibe un mundo que ya acciona y que va a tratar de adaptarlo para que funcione con lo que se espera de él.  
Quizá de esto se trate esta nota, de decir obviedades, de repetir proverbios "Hace falta un pueblo para educar un niño" o de citar a Umberto Eco "Creo que llegamos a ser lo que nuestro padre nos ha enseñado en los ratos perdidos, cuando no se preocupaba por educarnos." (El péndulo de Foucault) Y de eso se trata quizá el aprender del niño: a partir de los que vive, vive. Conocer la frase de Eco lo pone a uno al corriente, en tanto padre, de todo lo que enseña cuando no se preocupa en educar.  
Uno no puede esconderse de la dinámica cotidiana. ¿Qué hace que aquel que educó, ya sea en rol de pueblo o de padre, se indigne por lo mismo que generó? ¿Cuál es el mecanismo que impone la frase "lo que acá se perdió es el respeto" cuando uno comienza a padecer del espejo que devuelven los niños o los jóvenes?  
Muchas veces se habla de que el tiempo que nos precedió fue mejor sin tener en cuenta que fue ese mundo el que parió a éste.  
Si bien no es pareja la lucha contra los que construyen la subjetividad masivael camino más corto es ir al resultado de nuestras acciones (insisto, como pueblo o como padres) y vomitarles a los pibes la resaca de nuestra borrachera.  
Si hoy hay evaluaciones estandarizadas, si se trata de endemoniar la enseñanza realizada, si ya se adivina que va haber que aguantarse los resultados (¿Ya saben que va a ser un desastre?), la responsabilidad no es de los pibes. Los sistemas educativos siempre logran sus propósitos, y en este caso es lograr sociedades que adscriban al neoliberalismo barato, al alumno como producto y necesidad del mercado. Cuando se habla de lo que sabe o no sabe un pibe, se habla de lo que necesita el mercado no de lo que fue adquiriendo a lo largo de su vida, de todas las instancias que lo convocaron a aprender.  Lo más probable es que cuanto más lejos se esté de los estándares más cerca se estará de las capacidades necesarias para ser pensadores independientes.  
No es la tabla del dos lo que hace a un niño "inteligente". Obvio que debe saberla, pero no es parámetro de inteligencia. Se les pide a los pibes comprensión lectora cuando el ciudadano medio solo es un loro repetidor de titulares de diario o de lo que dice una diva de TV o un periodista de espectáculos. Hasta se vota porque el slogan publicitario es igual al de un caramelo de menta. 
La manera de lograr una modificación sustancial de la sociedad no está en los más jóvenes o en los niños, está en los grandes que somos sus modelos. Una pena, porque ya se demostró con creces que desde los que eligen los premios internacionales de mérito o las declaraciones de ciudadanía ilustre proponen modelos de menos diez para cualquier evaluación.  
Y ese mundo menos diez está evaluando y juzgando a los pibes.
Jorge L. Narducci

martes, 11 de marzo de 2014

Unamuno y el mono enfermo


Los avances en la medicina primero y en la tecnología después alteraron el desarrollo de la naturaleza. Los cambios producidos comenzaron a ocupar el lugar que la naturaleza pareció olvidar. Así, respetando la conducta gregaria, comenzaron a generarse organizaciones sociales y, respondiendo y generando necesidades en esa organización, mecanismos que alivianaron la vida doméstica y mejoraron la salud. 
Pero también se fueron refinando las leyes de la selva y lo que otrora fuera la cadena alimentaria pasó a ser un entramado de leyes que transformó a seres iguales en especie en robustos contra alfeñiques. La igualdad entre los hombres dejó claro que no todos respondemos al sustantivo "hombre" que generó esta nueva forma animal. Hay igualdad dentro de las castas, todos las clases sociales entre sí disfrutan de la horizontalidad. Todo cambia cuando la igualdad se generaliza entre todos los hombres. Y cada vez se marca más esa diferencia, y con menos ambages. 
Entonces, los cambios producidos tomaron a un "hombre", al hombre en el que se nombra la humanidad toda sin tener en cuenta a la mayoría de la humanidad, aferrado a unos cambios que beneficiaron  cada vez más su calidad de vida. Y con ella su salud.  
Ahora bien, y tomando a Miguel de Unamuno como el padre de las ideas más extraordinarias que dio la lengua, vamos a acercarnos a un milímetro de sus pensamientos para poder seguir. 
Escuchemos. Dice Miguel de Unamuno en "Del sentimiento trágico de la vida" sobre el origen del hombre: 
"¿Queréis otra versión de nuestro origen? Sea. Según ella, no es en rigor el hombre, sino una especie de gorila, orangután, chimpancé o cosa así, hidrocéfalo o algo parecido. Un mono antropoide tuvo una vez un hijo enfermo, desde el punto de vista estrictamente animal o zoológico, enfermo, verdaderamente enfermo, y esa enfermedad resultó, además de una flaqueza, una ventaja para la lucha por la persistencia. Acabó por ponerse derecho el único mamífero vertical: el hombre. La posición erecta le libertó las manos, de tener que apoyarse en ellas para andar, y pudo oponer el pulgar a los otros cuatro dedos, y coger objetos y fabricarse utensilios, y son las manos, como es sabido, grandes fraguadores de inteligencia. Y esa misma posición le puso pulmones, tráquea, laringe y boca en aptitud de poder articular lenguaje, y la palabra es inteligencia. Y esa posición también, haciendo que la cabeza pese verticalmente sobre el tronco, permitió un mayor peso y desarrollo de aquélla, en que el pensamiento se asienta. Pero necesitando para esto unos huesos de la pelvis más resistentes y recios que en las especies cuyo tronco y cabeza descansan sobre las cuatro extremidades, la mujer, la autora de la caída, según el Génesis, tuvo que dar salida en el parto a una cría de mayor cabeza por entre unos huesos más duros. Y Jah la condenó, por haber pecado, a parir con dolor sus hijos.  
El gorila, el chimpancé, el orangután y sus congéneres deben de considerar como un pobre animal enfermo al hombre, que hasta almacena sus muertos. ¿Para qué?" 
Ahora a volver a hablar. 
¿Qué será entonces lo que los adelantos tecnológicos habrán hecho con este mono enfermo? 
El recorrido de la historia, la evolución de los acontecimientos hubieran permitido suponer que aquel animal enfermo podría haberse alejado por completo y ser ya una especie con rasgos que en nada supusieran su origen. La literatura, la música, las manifestaciones artísticas, los ideales, las teorías filosóficas, todo esto  analizado en perspectiva hubieran podido suponer un ser capaz de superar esta realidad, que aparte de injusta, violenta y dolorosa parece muy divergente de la posible evolución de las relaciones humanas.  
Pues, ¿A quién está curando la tecnología? ¿Quién es el beneficiado con  los adelantos en la medicina? ¿Es el hombre o aquel mono enfermo? ¿Curar al hombre es enfermar más al mono o el hombre en su sanación va camino a la recuperación del mono? 
Por lo pronto las rejas que el hombre (la pequeña porción de homínidos que se consideran hombres cuando se habla de los avances que tuvo, ¡hasta llegó a la luna! ¿Para qué?) se está poniendo a sí mismo ya lo lleva a una especie de zoológico autoproclamado donde el resto de la especie que comparte su lugar en la taxonomía biológica lo mira jugar con el mundo.  
En el zoológico real, en el que las rejas también las pone ese "hombre", los animales miran pasar el mundo a través de los barrotes, su lugar no cambia, pero los que los miran como si fueran un espectáculo van y vienen, les tiran ¿alimento?, les dicen cosas que no entienden, y seguro que si pudieran, los animales repetirían las palabras, los gestos, los sonidos. El mono sano, aquel que su hermano enfermo encerró, imita conductas, da saltos para recibir ¿alimento?  
Imaginemos esta escena: Un "hombre" tras sus propias rejas, encerrado, mirando por la ventana, por ambas ventanas; la real, la de su comedor y la virtual, su televisión, su pantalla. Él quieto, mirando. Quieto aunque se mueva, porque su pereza no es física. Alterna la mirada entre las dos ventanas como si fueran ambos lados de un barrote de su jaula. Y mira, y repite las palabras, los gestos. 
Quizá las mismas cosas que enferman al hombre curen al mono, y los científicos en su avance vuelvan a poblar de monos, monos pelados, con el pulgar opuesto al resto de la mano, erguido, con cerebro más grande, pero monos al fin. 

Jorge L. Narducci

sábado, 1 de febrero de 2014

Un cuento en enero

Lo cotidiano

-Una cruz de plata, un rosario de plástico, una medalla de la Virgen de Luján...
Mientras iba sacando de la bolsa los objetos y los nombraba el niño seguía el trayecto una y otra vez. La voz ronca del hombre que acompañaba el recorrido hasta una improvisada mesa hecha de rodillas y un trozo de madera sonaba bajo la mirada atenta del padre. Pocas veces abandonó el vaivén, un par de veces. Fueron las dos miradas que le echó a su tía, a los ojos se su tía, que también miraban, pendulantes, el trayecto.
-Son porquerías que no valen nada- terminó diciendo al sacar la última de las reliquias de la abuela
- Algo deben valer . supuso el padre.
- Un kilo de pan y una leche
- y una harina- completó el padre
- Bueno, lleve.
Mientras el hombre juntaba los restos de la fe de la abuela como si fueran migas en la mesa el padre se sirvió la paga. El niño no dejó de observar a ninguno de los adultos que le servían de molde. Apenas vio la harina en la bolsa se acercó a la tía. La abrazó desde atrás y se asomó de costado para ver llegar al padre. Sus ojos veían ahora la bolsa, tras ella al padre y más atrás al hombre..
- Sesenta años juntando estas mierdas para que nos sirvan para esta porquería - dijo inmediatamente a su hermana apenas puso un pie en la calle.
- Para ella eran importantes, todos los días las miraba, las tocaba, les decía cosas.
- Mierda les decía, años de miseria para ella, para nosotros y para este pendejo, y para todos los que vengan.
El silencio fue profundo durante el camino del pueblo hasta la casa. No fueron palabras las que lo rompieron. Una cacerola de aluminio contuvo la leche que se calentó en una brasa eternamente encendida. El pan se hizo rodajas. El niño se sentó a esperar en silencio lo que venía: la leche, las rodajas y el padre.
- Al menos va a haber más lugar. Mañana voy al pueblo, le vendo la ropa y ya está-dijo mientras metía en la misma bolsa de las reliquias un montón de tela-. No hay nada más de la vieja, solo la pobreza, la inmunda pobreza que te regaló a vos, a mí, al pendejo. Eso no se lo vendemos a nadie.
- El colchón le va a servir al Toni para que duerma cómodo.
- Que lo use hasta que se lo lleven las ratas.
- ¡Es tu hijo!
- Si no hay madre no hay hijo, y este pendejo no tiene madre, así que no es hijo de nadie.
El niño tomaba la leche y comía las rodajas sin dejar de mirar la tormenta, su techo ya se había volado hacía mucho y nada le hacía temer. Las tormentas eran su día, no se asustaba porque nada era distinto. Cuando murió la abuela él estaba en el colchón con ella. Jugó con sus dedos muertos hasta que la tía gritó y lloró y lo alzó. Vio al padre sacar el cuerpo, cavar el foso, tirar el cadáver y taparlo. “A esta ni una cruz le pongo. Que se mezcle con el resto de la tierra y no sea nada. Igual que nosotros”, escuchó decir.
Se acabaron las rodajas, la leche y los gritos.
La noche despertó al silencio y todo fue igual que siempre. Faltaban los ronquidos de la abuela pero tenía más lugar para dormir. Cuando despertó no estaba la ropa ni el padre. Sí había rodajas y leche. Sabía que nadie hablaría hasta la llegada del padre.
“Hijo de puta el viejo ese. No me quería dar nada. Apenas vacié la bolsa me dijo que guardara todo, que no me iba a dar nada.” Fue lo primero que escuchó, pero vio que traía la bolsa vacía y más pan y leche que el día anterior. También vio una mancha de sangre en la camisa que se iba afinando hasta llegar al pantalón. “Viejo hijo de puta, reventaste pero yo no voy a reventar” volvió a hablar el padre. La tía se acercó y quiso tocar la herida. No la dejó.
El niño vio como el padre se desnudaba y le daba la ropa y la bolsa a la tía, “lavá todo, de mí me encargo yo” le dijo. La sangre abandonó la tela y el agua fue una mezcla de rojo y negro. La ropa y la bolsa estiradas en unas piedras comenzaron a secarse.
El niño fue junto al padre, algo raro sucedía, se acercó, lo tocó y no sintió ningún rechazo, ningún insulto. Comenzó a jugar con los dedos de una mano que nunca había podido tocar. La tía volvió a gritar, a llorar y a alzarlo.
Esta vez fue la mujer la que cavó el foso. El niño sentado en la tierra volvió a ver la escena, el cuerpo desnudo y manchado del padre era lo distinto, la pala y el sudor, iguales. Esta vez nadie dijo nada al terminar.
Comieron leche y rodajas en la cena. La noche ya no tenía ni los ronquidos de la abuela ni los gritos del padre. Se durmieron. Cada uno en un colchón. La mujer exhausta.
La mañana no perturbó el sueño de la tía, sí el del niño que calentó la leche y cortó el pan.
Cuando terminó el desayuno fue hacia las piedras, colocó la ropa del padre en la bolsa y fue rumbo al pueblo.

Jorge Narducci

Lomas del Mirador, 30 de enero de 2014