martes, 4 de junio de 2013

¿Saber o no saber?

La hora, 16:35. Es importante la hora porque en esta ciudad quince minutos antes los niños salen de la escuela de jornada completa. Los colectivos desbordan de las últimas palabras escolares y las primeras voces familiares. Subo a uno y me siento. Detrás de mí un niño le habla a una voz femenina, ronca. La ronquera le quita la edad a la voz. No notaba si hablaba con su posible abuela o madre. Se entusiasma y comienza a contar que le habían leído una fábula. Cuenta algo así. Una gallina había puesto un huevo y otro animal se lo había robado. El ladrón notaba que el pollito nacía y le daba pena. La madre gallina sufre y el pollito no. Inicialmente ve en su captor una especie de madre sustituta. Todo bien hasta que el pollito comienza a llorar pidiendo comida. La sustituta madre se desespera y, a escondidas, deja al pollito en su nido materno. Dudo del origen fabulezco de la historia, supongo que es una versión moderna de algún cuento tradicional y que, acomodado a los nuevos argumentos, evita el final traumático: el pollito es mejor comida que un huevo. Trato de suponer la moraleja típica del género y no la encuentro. En eso estoy cuando el niño pregunta a la voz ronca “¿Te das cuenta, es un cuento policial?” Abandono la infructuosa búsqueda de la moraleja y comienzo a escuchar la charla. “El robo del huevo es el caso” afirma el niño. Comienzo a suponer que la voz infantil es de unos once años. “En lugar de haber un detective el ladrón se arrepiente” “Guardá la SUBE que se te va a caer, boludo” interrumpe la voz ronca. Descarto que sea una abuela. El relato sigue. “El robo es menos que lo que devuelve: se lleva un huevo y trae un hijo”. Saco a pasear el yo freudiano que todos llevamos dentro y creo entender que el niño valora mucho ser “hijo” “¿Y qué dijo Sergio?” interrumpió la garganta arenosa. “Para él era una fábula ma’, pero...” intenta seguir el niño. No sé quién es Sergio, pero ya supe que la voz perturbadora era de la madre. “¿Te devolvieron la prueba?” lo interrumpe. “Sí, me fue bien” “A verla”. Desaparece el cuento policial. Y la fábula. Se produce un silencio que me hace suponer que el alumno busca la prueba en su mochila para  mostrársela a la madre. “Estaba con ve corta. Sos un burro. No sé cómo pasaste de grado”. Se mueren la gallina, el pollito, el ladrón, la fábula y un poco de mí.
Siento un tirón en el asiento lo que me hace suponer que se están levantando. Pasa la madre, pasa el pollito, serio, con la mochila a medio cerrar y la hoja que habla de la estupidez arrugada en la mano..
Esopo se retuerce y piensa si la libertad adquirida por su posibilidad de inventar historias valió la pena ante esta escena.
¿Cuál es el valor del saber que reciben los niños? ¿Qué habrá dicho la madre de Sergio cuando le contó que para él era una fábula? ¿Qué hubiera dicho esta garganta arenosa si al Pollito no se le antojaba el cuento policial (bien antojado, por otra parte)? ¡Ojalá que Sergio no fuera el maestro! En minutos la reelaboración de este lector fue sepultada por siglos de concepciones educativas. ¿Qué es saber para algunos? Un niño que da más valor a un hijo que a un huevo, que descubre en una ya ridícula fábula un cuento policial, que a pesar de todo lo que ya habrá recibido puede tener estas discusiones, para ese saber familiar es un “boludo” que tenía que repetir el grado. ¿Qué habrá aprendido este niño con esta situación? Cuánto lamento saber el nombre del otro que dijo “fábula” y no de éste que la cuestionó.

Jorge  L. Narducci
Lomas del mirador, 4 de junio de 2013

sábado, 30 de marzo de 2013

Otro cuento - Por malvinas


Nicanor

Me era difícil creer que Santiago de Liniers, por cuyas venas corría sangre francesa, hubiera tenido en algún momento la convicción de defender tierras españolas en una América distante. Pero más difícil fue creer que Galtieri, por cuyas venas corría whisky inglés, tuviera algún otro deseo que el poder cuando mandó a un puñado de pibes a pelear contra la armada inglesa.
Lo llamó Nicanor, sí Nicanor. La profesora se sentaba en el escritorio, y con la impunidad que da ese lugar, con la influencia que da esa relación, dijo: “Le puse Nicanor por ese maravillosos hombre”.
El perro fue Nicanor y contabilidad se transformó en una materia para aprender a ser argentino.
Entré a la escuela con bronca porque Vélez había empatado con Renato Cesarini 2 a 2.  Era 5 de abril y la novena fecha del Nacional había empezado el 2 con el triunfo de Central Norte sobre Mariano Moreno. La que sería futura dueña del perro me increpó diciéndome que “nada puede importarle más que la acción militar en Malvinas” y que “si las bandas militares tocaron en las canchas era para demostrar la importancia del sacrificio de nuestros héroes”.
Sentí que haberme enojado porque los dos goles no habían alcanzado para el triunfo era algo tan frívolo que me habían transformado en un estúpido.
La fecha 10 y las siguientes que llevaron a Estudiantes a salir campeón me tuvieron sin cuidado. Comencé a leer los diarios, a escuchar los comunicados.
Día a día me iba acercando más a los acontecimientos de la guerra y, gracias a la ya dueña de Nicanor, me alejaba del fanatismo estúpido del fútbol.
La inefable madre de Nicanor contaba el pedido del T.I.A.R. ante la OEA por boca de Nicanor Costa Méndez. Creo que esa acción fue la que inspiró a aquella profesora  a llamar así al indefenso animal.
Me llamaba la atención que con situaciones más duras que un 2 a 2 el clima que sentía en la cancha se fuera trasladado a las calles y a la escuela (sobre todo en ella).
“Atacan Puerto Argentino” “Le derribamos 3 aviones” “Nos apoyan 17 en el T.I.A.R. y 4 se abstienen”. Uno de los 4 es Estados Unidos. “Ellos están lejos, acá los reventamos”…
Nos hunden el Crucero General Belgrano.
El 5 de mayo, un mes después de mi estúpida bronca por el 2 a 2, entra ella eufórica y dice “les hundimos el destructor Sheffield. Uno a uno” y haciendo un corte de manga grita “¡Tomá!”
Y comencé a entender algo.
Cuando Pinky y Cacho Fontana me regalaron las “24 horas por Malvinas” me convencí de que la vida y la patria eran lo mismo. Y que si cantaba “Hermanita perdida” quería a mi patria aun más todavía. Después fui al festival de rock en solidaridad con los soldados. Dos kilos de harina leudante fueron mi gran acto solidario. Canté junto a Cantilo, Gieco. Hasta Piero cantó. También entendí que Vélez y la patria manejaban los mismos códigos. A la salida del festival cantábamos “¡Qué vanga el príncipe y la flota que los hacemos pelota!”
En mi casa y en todos lados no había dudas de que estábamos ganando y sentía la misma alegría que con los goles de Vélez.
Quería tener un perro y ponerle Nicanor. Como no me dejaron le puse Nicanor a un muñequito perecido a un perro que me había ganado en un sorteo.
Y vino el Papa. Me pasé la noche haciendo patria para escuchar al Papa. También fui porque estaba Vivi, pero no me dio vergüenza porque las pasiones se complementan Vélez, Malvinas, El Papa, Vivi. ¡Viva la patria!
Tres días después terminó la guerra.
Y perdimos.
Era difícil encontrar noticias sobre los que regresaban. Después me enteré de que volvían de noche, que los mandaban a casa como si hubieran vuelto de una instrucción normal.
También contaban que ni las bufandas que mandaban las viejas al programa de Pinky ni mi harina leudante habían ido a parar a manos, cuello o estómago de ningún combatiente.
“Al final estos milicos eran unos cagones” “¿Pensabas que ese borracho te iba a llevar a alguna parte?”
El 13 de junio había empezado el mundial y se decía que Maradona no jugaba porque Menotti era un pelotudo. La discusión ya era otra y si Menotti no lo ponía él sabía por qué, es muy pibe, acá juega bárbaro…
El tema de las elecciones terminó de sepultar a los vivos que habían vuelto de Malvinas. Ya el clima del Vélez versus Renato Cesarini estaba instaurado en la política, en la verdulería, en la vida. R.A. no eran más República Argentina eran las iniciales del futuro presidente.
No se habló más de los ingleses hasta el mundial de México 86. Ocho días después del cuarto aniversario del fin de la guerra Argentina venció a Inglaterra.
“¡Tomá!” Gritaban todos. Me acordé de Nicanor y de ella.
¡Qué suerte! Ahora vamos uno a uno.

Jorge Narducci
Lomas del Mirador, 3 de junio de 2007

viernes, 4 de noviembre de 2011

Un cuento para compartir

La excusa

Y al final me tuvo que pasar. ¿A vos te parece? Mirá que me llamaron de todas formas: insensible, turro, inhumano, malo, hijo de puta. ¡De todo me dijeron! Y María, ¿te acordás de María? Linda era esa mina. Universitaria, la única en mi vida. Me dijo RACIONAL. Se enojó diciéndome RACIONAL, todo porque le dije que entendía que era más importante su carrera que yo. Mirá que me pasaron cosas. Cuando me quedé sin laburo. ¿Quién me dio una mano ahí? Vos, nada más que vos. ¿Y me viste llorar? ¡Ni una lágrima! Te lo juro, ni una. Ni cuando estaba solo en casa. Después se fue Vicente. Estuvimos juntos todo el tiempo. Escuchamos mil y una boludeces. Porque para nosotros Vicente era un ídolo, pero realmente era un terrible hijo de puta. La puso donde pudo; cagó a Dios y a María santísima; mientras sus pibes eran chicos los veía dos o tres veces al mes; le afanaba el deportivo al diario del bar. ¡Qué se yo! Hizo las mil y una, como te decía. Pero nosotros lo amábamos. Y se fue sin que yo tirara una lágrima. No es que no lo sufriera, pero no me salían.

Está bien que éramos más jóvenes. Bah, éramos jóvenes. Pensábamos que todo se solucionaba con el tiempo.

¿Con las minas?, me dejaron todas. Claudia, esa me hizo de todo, me colgaba el saco en la frente por esa turra. Sin embargo, un día se fue y nada. Vos sabés lo que sufrí. Y nada, ni una lágrima.

Mi viejo. Estábamos juntos en el reparto cuando ya él era viejo y yo estaba por arrimar ahí. Se podría decir que ni sus años ni los míos afectaban el primer laburo que hacíamos juntos. Hasta parecía feliz, fue la época en la que más me reía. ¡Y al idiota se le ocurre morirse así, de golpe, de la nada! Ni lo velamos al viejo. Al otro día vendí el reparto y ni una lágrima, nada. Ni por mi viejo ni por el reparto.

Ana se fue a vivir a España. La nena con ese otro sátrapa se van a vivir a Europa. Está bien que estaba la madre allá. ¿Qué le iba a reprochar? ¿Qué en el momento donde ella más la necesitaba se fue a España a cumplir “el sueño de su vida”? ¿Qué conoció a ese francés puto y culto y se cagó en ella y en mí? ¿Qué le iba a decir? Allá parece que es todo más lindo. Te la meten con alambre de púas pero después te pagan un seguro de sangrado. ¡Qué se yo! La verdad que no entiendo nada de eso, pero parece que para ellas fue mejor. La fui a buscar a la casa, la acompañé a Ezeiza. Se fue. Ni una lágrima.

La otra semana vino Daniel, ese amigo de Ana que me quería mucho, y me trajo un “meil” avisándome que iba a ser abuelo. No entendía nada. Me da la carta, sin sobre y me felicita antes de que yo me enterara de lo que decía. Ana dice que hasta que yo no aprenda a usar la computadora no me llama, porque desde allá es caro y que yo soy un rata que no tengo ni para el pan. Así que no hay Ana para rato. Decí que este pibe Daniel de vez en cuando me trae uno de esos “meil” y de algo me entero. Te contaba lo de Ana porque me encantó, me emocioné, toda la flauta, pero ni una lágrima tiré, ni una.

El otro día mi hermana me dijo que los hijos del marido necesitaban la casa que me prestan. Tengo un mes para conseguir un lugar donde llevar esta humanidad a otro lugar. Pensé en Ana, en mi hermana, hasta en el puto francés pensé. Me fui a hablar a la municipalidad para ver si tenían algún lugar para darme, un pensión, algo. Me contestaron que tenían que ver si se podía. ¿Sabés a dónde me mandaron? A la cana, para demostrar que no tengo nada. Volví a la que todavía es mi casa y me senté a tomar mate. Miré el techo, las paredes, la mesa. La verdad que los hijos de mi cuñado no tienen que darme nada a mí. La boluda fue mi hermana que se casó con un tipo con hijos y no tuvo ninguno propio. Si fuera de mis sobrinos quizá me la dejaban un poco más en vez de alquilarla. Pero, te decía, me senté, miré todo y nada más. Empecé a acomodar cosas, guardé alguna que otra foto que había por ahí, la de Ana, la de mi viejo, la del camión de reparto. Ni una lágrima che, ni una.

Hasta que a este chancho le llegó su San Martín.

Anoche prendí la tele y me puse a ver el partido. Estaba seguro de que era un empate o un triunfo ajustado. A los cinco minutos nos meten uno. ¡La puta! Dije; y pensé que faltaba mucho, que habíamos dado vuelta partidos más jodidos, y todo eso que uno se dice para darse ánimo. Al rato otro, un golazo de aquellos. Seguí optimista. Casi al terminar nos meten otro. Puse el agua y aseguré que en los otros cuarenta y cinco empatábamos y listo.

Dos más nos metieron. No pude gritar ni uno.

Me di cuenta en ese momento que Vélez era como mi viejo; que cuando llegaba el momento de ver jugar a los pibes me daba alegría y que me importaban un carajo María, Vicente, Claudia, Ana y todo lo demás.

Y al final me tuvo que pasar. ¿Sabés qué?, cuando terminó el partido, apagué la tele. Y lloré. Lloré tanto que me dolían los ojos. La falta de costumbre será, me dije.


Jorge Luis Narducci

Lomas del Mirador; 2 de abril de 2010


viernes, 14 de agosto de 2009

Gritos

Gritar. Pedir a gritos. Pedir. Quejarse. Gritar. Cantar a coro.
La nostalgia mojó con su lágrima la ventana, y el Venatanauta dibuja con dedo débil palabras que significaban mucho, pero nada dicen ya. El Grito de Munch, obra de protesta. El grito de Alcorta, lucha de protesta. Huelga de inquilinos, grita Miguel Pepe, lo matan. Gritan los descamisados, grito de esperanza.
Los gritos fueron cambiando, y llegaron a otros lados, a otros oídos, otras intenciones.
Es larga la historia de los gritos. En general estaban asociados a grandes luchas, a grandes esperanzas, a futuros promisorios o a alegrías sinceras. Gritos populares y masivos, no gritos privados y violentos.
El grito no era para tapar desesperanzas, eran gritos para hacerse oir, para entrar en los oídos ajenos y ausentes del poder. Y gritando se lograron metas que favorecieron al trabajador, a la mujer, al pobre, al inmigrante. El grito llevaba al poderoso a tomar las armas en su contra, a modificar políticas de Estado, a desnudar realidades desafortunadas.
Seguramente el grito es una necesidad humana, una práctica habitual, un circular de adrenalina que despierta alguna reacción hormonal que satisface, y lo hace aun más cuando logra su cometido. Cualquier cometido, desde el más profundo hasta el más idiota.
Y aquí llegamos. Al grito silencioso que nada pide, que se organiza con cantos afinados y trompetas o al grito desaforado para sentir que uno grita, para oírse solo, o que lo sientan otros para admirar su grito.
Hablar a los gritos para decir lo que todos quieren escuchar pero que no cambia realidades, que no generan esperanzas. Hoy se grita para defender a los que acallaron los gritos reales, los gritos genuinos de los que pedían por algo mejor.
A los gritos vacíos se le agregaron, en esta parte del globo, las cacerolas. Para reivindicar lo reivindicado antes con las armas del poder, para pedir la más aberrante imagen del capitalismo. Más ruido para alentar a los que siempre manejaron el poder, para pedir lo que es de cada uno. Pero no para pedir lo que es de todos.
La popular imagen televisiva grita. Grita en silencio. Grita para seguir callando. Se grita para decir “Acá estoy” y que los demás imiten gritando. Gritos idiotas, despreocupados, que llenan vacíos y producen “felicidad”.
Lo de siempre, el grito de los limpios es grito moderado. Se pide por si los otros quieren dar. El grito de los sucios es protesta. Unos gritos son “cortes”, otros gritos son “piquetes”.
Decía que la nostalgia mojó con su lágrima la ventana. Quizá haya un grito que la rompa y desde el otro lado comiencen a entrar, silenciosos, los callados, los que gritan con sus cuerpos, con sus ropas, con la garganta vencida, sin cacerolas ni nada para poner en ellas.

Lomas del Mirador, 14 de agosto de 2009

lunes, 6 de julio de 2009

Aquí, así son las cosas

Aquí, así son las cosas

Nos cambiaron el instrumento de opresión y nos hicieron más burros. Sí, desde Sarmiento nos habían metido la idea de que leer era bueno, y por la lectura nos metían ideología. Pero el tamiz ideológico tenía un tejido que permitía la entrada de cosas que a “ellos” no les gustaba demasiado, o les podía llegar a sacar poder. Así las cosas, uno para recibir opresión e ideología tenía que poder leer “Facundo”, “La razón de mi vida” o comprender (y poderse concentrar para escuchar) un discurso que lo enfervorizara. Larga era la lista de cosas que nos bajaban en línea directa a través de mensajes escritos al comienzo y luego acompañados de sonido e imagen en movimiento. Pero larga también era la cantidad de escritores, músicos, artistas que ejercían la contracultura, un camino contrario al pensamiento hegemónico. También había quienes ni en pro ni en contra acercaban a las bibliotecas lecturas que cumplían el fantástico objeto de ejercer el buen gusto o la vanguardia (que como siempre, en sus inicios, es tomada como una fantochada y que luego genera el status cultural de la época). El siglo XX se infectó con guerras, opresiones, falsas tendencias a la igualdad de derechos y lideres autoritarios que con su exacerbado patriotismo sólo ejercían el poder de la opresión. Hubo holocausto, Hitler, Mussolini, E.E.U.U, Nixon, Watergate, Apartheid, Revolución Rusa, genocidio armenio, Cortina de hierro, Franco, paternalismo estatal, hiperliberalismo, gobiernos militares, Martínez de Hoz … Pero también, mientras esto pasaba e infectaba, había Borges, Cortázar, Unamuno, Arlt, Picaso, Ghandi, Dali, Troilo, Joao Gilberto, Vinicius, Berni, Serrat, Martin Luter King, Bioy, el “Polaco”, Discepolo, Carela, Osvaldo Miranda, Hitchcock, Piazzolla…

Y sigue, como decía antes, la larga lista, tan larga como los bastones que comenzaron a golpear fuerte para que cada vez hubiera una lista más corta de los que se filtraban por aquel cedazo nombrado al principio.

Gritos y acciones pacíficos y violentos pedían a los que ostentaban el poder de lo habitual, a los que decidían si había guerra en Europa, negros en Estados Unidos o putas en Moscú, que se mirara para otros lados, que se transformara el ejercicio del poder, que se horizontalizara el saber.

Entiendo, o creo entender, que “ellos” se transformaron, y notaron que la transmisión de la opresión, del mensaje unilateral, de la masificación no debía hacerse más con un tamiz tan grueso. Había que cambiar las cosas para que “transformar” mutase a “transformarse” y que la lucha fuera, en lugar de “disminuir la brecha de la desigualdad” “aumentar el tamaño de las tetas o la altura de los gluteos” (avispa mediante). Era necesario minimizar el mensaje y maximizar los daños. Y así fue. En un momento teníamos a los chicos escuchando a Gaby, Fofó y Miliki, a los adolescentes a Sui Géneris o Los Beatles, a los jóvenes disfrutando de Alta tensión o Música en Libertad y los mayores con De caro, el Polaco o Sosa. Un mercado repartido en distintos grupos, donde cada uno recibía una manera de hablar, de bailar, de jugar, de disfrutar. Un chico soñaba las aventuras de Sandokán o la soledad de Robinson Crusoe, mientras iba transformando su interés hasta llegar a ser un adulto que no ignoraba la existencia de Cervantes o se peleaba con las opiniones de Marechal. Donde Odol era algo más que una pasta dental. Hoy cada ciudadano pasó a cubrir la categoría de “consumidor” y dentro de ésta también entran los niños. Entonces consumen del mismo modo niños y grandes. Y las mismas cosas. Se confecciona ropa para niños y grandes con igual diseño y distinto tamaño, películas para niños con guiños para adultos, cuentos terapéuticos para que con la lectura nos curemos de no sé que trauma grandes y niños, música monótona con alma de jingle de caramelo de menta. No creo en la inocente afirmación de que “todo tiempo pasado fue mejor”, siempre hubo poder ejercido con violencia, ideología desparramada a mansalva o con cuenta gotas. Aceptemos, uno era mejor, o creía serlo porque al haber vivido menos también se había equivocado menos. Lo que quizá marcaba unos puntos a favor no era lo que hacía el poder sino lo que se podía hacer con las herramientas que el mismo poder tenía para desparramarse. La palabra era importante, la palabra escrita, leída o dicha. Hoy, con el mensaje corto pero efectivo se reemplazaron mil palabras con una sola imagen y todos los objetivos a uno sólo, “tener que acceder para pertenecer”. Se transformó la adolescencia rebelde que se dedicaba a poner en jaque las costumbres sociales, en una picadora de carne, donde los adolescentes son tratados por la sociedad adulta como objeto de consumo, donde se los alcoholiza, se los aleja del conocimiento transformador y se los vulgariza para generar, ya jóvenes, una sociedad que sea lo que es.

El Estado está cumpliendo su objetivo, transformó su vehículo de dominación en algo tan simple que no permita que nada entre que no sea manejado por “ellos”, simplificó las reglas del consumo “si tenés esto existís, sino, no”, se asoció con los formadores de opinión y demostró que es más graciosa una broma a un transeunte distraído que el libreto de Pepe Biondi.

Cuando nos asustamos viendo la realidad de nuestros niños y jóvenes nos damos cuenta de que ya se acabó el cedazo, el poder no deja resquicio para el cambio. En la década del setenta se apoderaron de las palabras “autoridad y límite” y le construyeron un compañero oscuro que las asocia con la ausencia de libertad. Hoy ejercer la autoridad y poner un límite es relacionado (por los que venden la patria, por los que aprovechan la falta de limites y de autoridad para ejercer un autoritarismo grosero e inmundo que está dejando a los nazis o a los “azules” en meros competidores para la provocación de asco) con no entender los cambios de esta juventud. ¿Qué mejor instrumento de opresión que dejar a los más jóvenes sin límites, sin guías, sin camino a seguir ni instrumentos para construirse uno?

Un cliente del puesto de diarios donde yo trabajaba me dijo una vez “ganaron los malos”. Y en esa tercera persona del plural creí entender, a los dieciséis años, que don Salvador estaba del lado de los buenos, y que si a mí no me decía “ganaron ustedes” yo pertenecía a la franja de él, yo tenía construido un Nosotros con don Salvador. Y si habían ganado los malos nosotros habíamos perdido. Y me rebelé, organicé junto con otros el Centro de Estudiantes, nos juntamos con otros centros del barrio, comenzamos una movida cultural. Cantábamos a Sui en las plazas y nos aburríamos con mi viejo escuchando a Sosa. Necesitábamos alguien que nos emparchara un poco primero y después, con los grandes que nos decían que no nos metiéramos, seguíamos construyendo. Y cantábamos a Serrat, y no solo Lucía, al amor en Lucía. Cantábamos la angustia del Titiritero o Para la Libertad. ¡Y don Salvador me dijo que habíamos perdido y yo que sentía que estábamos ganando! ¿Estaba cambiando las cosas o estaba entrando del lado de los que habían ganado? ¿Me había cambiado de bando?

Esa es la duda, veo que todo lo que era deseo de cambio, resistencia, ascenso de las clases sociales, igualdad liberadora, se detuvo. Que hoy las resistencias se preparan por la tele después que a uno le ponen el dinero en un corralito y no porque sacan a las vacas del corral y nos dejan con las penas.

Me siento mejor, cerca de don Salvador.

Igual ahora es mejor, yo estoy con bronca por esto y vengo y lo digo, antes te mataban. Ahora te morís solo, de bronca o porque te apestás el hígado, el estómago o la sangre con sedantes y antiácidos, porque aunque digas y grites nadie te da pelota. Pero lo puedo decir. No me matan si me quejo, lo que sí es mejor para “ellos” es que aprovechan y me venden el remedio para la úlcera, la computadora con la que escribo, el sitio de internet donde me puedo quejar, el mail, el proveedor de internet. Y yo digo todo esto. Y me quejo, encima. ¡Qué boludo!

¡Viva la Patria!

Lomas del Mirador, 4 de julio de 2006